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La doble explotación: género y clase en el capitalismo.

  • Foto del escritor: chaksaastal
    chaksaastal
  • 20 ene
  • 2 Min. de lectura

Por Luna Grajales


En el sistema capitalista, las mujeres trabajadoras enfrentan una doble explotación que combina las opresiones de clase y género. Esta situación las coloca en una posición particularmente vulnerable y refleja cómo las estructuras económicas y culturales operan de manera conjunta para perpetuar las desigualdades. Comprender esta doble explotación es fundamental para articular una lucha revolucionaria que conduzca a la emancipación plena de las mujeres.

El capitalismo se sustenta en la explotación de la clase trabajadora para generar ganancias. Los capitalistas extraen plusvalía del trabajo asalariado, apropiándose de los frutos del esfuerzo de millones de personas. Sin embargo, esta explotación no afecta a todos por igual; las mujeres trabajadoras, sufren una doble explotación al combinar la extracción de plusvalía con la apropiación gratuita del trabajo doméstico y de cuidados. Esto no es una simple desigualdad cultural, es un factor esencial del modo de producción capitalista, para maximizar sus ganancias responsabilizando a las mujeres y colocando esta doble carga


Las mujeres suelen ocupar empleos precarios, mal remunerados y con menos protecciones laborales. En muchos casos, se les confía a sectores como el servicio doméstico, el comercio minorista o las maquiladoras (principalmente textiles), donde las condiciones laborales son especialmente adversas. Además, enfrentan brechas salariales significativas respecto a sus compañeros hombres, lo que refuerza su dependencia económica y su vulnerabilidad dentro del modo de producción capitalista.


La división sexual del trabajo no es natural ni inevitable; es el resultado de la evolución del trabajo, pero en el capitalismo las mujeres deben salir igual a vender su fuerza de trabajo, y de la misma forma atender las labores del hogar. El trabajo doméstico y de cuidado, asignado históricamente a las mujeres, bajo el capitalismo, es una de las formas más eficientes de explotación indirecta. Al relegar estos trabajos al ámbito privado, el capital asegura la reproducción de la fuerza de trabajo sin asumir costos. Es decir, no es una cuestión ni cultural, ni de repetición de patrones, es un resultado de la existencia del capitalismo. Esto queda claro, pues las mujeres burguesas ya se han librado del trabajo doméstico, justo contratando la fuerza de trabajo de las mujeres trabajadoras. Esto deja claro que existe una contradicción de clase entre las mujeres burguesas, empresarias y las mujeres trabajadoras.


La emancipación de las mujeres trabajadoras exige la eliminación de toda forma de dependencia económica, a través de instituciones colectivas que asuman la crianza, el cuidado y otras responsabilidades asignadas en el capitalismo a las mujeres. Solo en una sociedad socialista, construida sobre los principios de justicia e igualdad, podrá romperse este ciclo de explotación y opresión, liberando a las mujeres y a toda la humanidad de las cadenas del capitalismo y el patriarcado. La opresión no es simbólica, sino material, pues las mujeres viven este calvario en carne propia, y tampoco es cultural en abstracto, sino es el reflejo de la sociedad capitalista que coloca a las mujeres subordinadas a los hombres en nombre de la propiedad privada.

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