El imperialismo empuja al mundo hacia la guerra
- chaksaastal
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Por: Roberto Grajales.

Entre el 1 y el 12 de enero de 2026 se concentraron una serie de hechos que evidencian una intensificación real de las tensiones entre los principales polos del imperialismo mundial. En ese breve lapso se registraron acciones militares directas, amenazas abiertas y movimientos diplomáticos que señalan una escalada hacia la generalización de la guerra entre el polo imperialista encabezado por Estados Unidos y el polo imperialista articulado en torno a China y Rusia.
El 3 de enero de 2026 se produjo el hecho más grave. Fuerzas estadounidenses bombardearon objetivos militares y civiles en Venezuela como parte de una operación orientada a capturar al presidente Nicolás Maduro y trasladarlo a Estados Unidos. Este ataque no fue un episodio aislado ni una reacción improvisada. Se inscribió en una política de hostigamiento sostenido contra un gobierno que había establecido vínculos económicos y políticos con China y Rusia, particularmente en sectores estratégicos como la energía y la infraestructura. América Latina volvió a colocarse así como un espacio de disputa directa por la exportación de capitales, el control de recursos y la proyección geopolítica.
La ofensiva se profundizó el 8 de enero de 2026 con la incautación de buques petroleros venezolanos en el Caribe, uno de ellos con bandera rusa. Este acto desplazó la confrontación del plano político al económico y militar, confirmando que la disputa no se limita a declaraciones diplomáticas. El control de flujos energéticos y de rutas comerciales apareció nuevamente como un terreno central del conflicto, con implicaciones directas para Rusia y para los intereses de sus capitales.
La respuesta del polo articulado en torno a China y Rusia se manifestó pocos días después. El 10 de enero de 2026 se realizaron ejercicios navales conjuntos entre China, Rusia, Irán y Sudáfrica en el Océano Índico. Estas maniobras no fueron ejercicios rutinarios. Constituyeron una demostración de coordinación militar frente a la escalada impulsada por Estados Unidos y una advertencia sobre la disposición de estos Estados a defender sus posiciones en el reparto imperialista.
Europa tampoco quedó al margen de este escenario. El 12 de enero de 2026, las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre la posibilidad de tomar control de Groenlandia provocaron una respuesta inmediata del primer ministro Múte Bourup Egede. El episodio evidenció tensiones incluso entre potencias aliadas y mostró que, cuando entran en juego intereses estratégicos, los compromisos previos quedan subordinados a la lógica del capital dominante.
En Medio Oriente, el 7 de enero de 2026, Donald Trump declaró que Estados Unidos evaluaba opciones militares contra Irán. Estas declaraciones se produjeron en un contexto de mayor acercamiento de Irán a China y Rusia y colocaron nuevamente a la región como un posible escenario de confrontación directa, atravesado por intereses energéticos y financieros de gran escala.
En México, los hechos también revelaron una contradicción clara entre el discurso y la práctica. Mientras públicamente se habló de la defensa de la soberanía frente a las amenazas de intervención estadounidense, particularmente tras las declaraciones de Trump sobre posibles ataques en territorio mexicano, la línea política adoptada fue distinta. El 9 de enero de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó que cualquier acción se realizara de manera coordinada con Washington, reforzando los mecanismos de cooperación bilateral en materia de seguridad. Este hecho muestra que el Estado mexicano se encuentra alineado, en los hechos, con el polo imperialista encabezado por Estados Unidos, más allá de la retórica soberanista dirigida al interior.
Estos acontecimientos no pueden comprenderse como la suma de decisiones individuales ni como el resultado de la voluntad de uno u otro gobernante. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin explica que cuando la concentración de la producción y del capital engendra monopolios, cuando el capital bancario se fusiona con el capital industrial y surge el capital financiero, cuando la exportación de capital se vuelve central y el mundo queda repartido entre las grandes potencias, la expansión pacífica se vuelve imposible. En esta fase, el capital necesita asegurar territorios, recursos, mercados y rutas, y el Estado actúa como su instrumento político y militar.
La guerra aparece así como una consecuencia necesaria. El mundo ya está repartido, pero el desarrollo del capitalismo es desigual. Algunas potencias avanzan más rápido, alteran su peso relativo y entran en contradicción con el reparto existente. Cuando esa contradicción se agudiza, la redistribución no se realiza mediante acuerdos duraderos, sino por la fuerza.
Por esta razón es importante entender que la guerra no responde a la defensa nacional, sino que en ella existe una cuestión de clase. Las potencias involucradas buscan proteger y ampliar las posiciones de su capital monopolista. La retórica de la patria, de la democracia o de la seguridad sirve para ocultar este contenido y para movilizar a la clase trabajadora en favor de intereses que no son los suyos.
Ante la escalada de la guerra imperialista, la clase trabajadora no debe ceder, ni colaborar, ni aliarse con sus burguesías nacionales. No tiene nada que ganar defendiendo proyectos que sólo buscan asegurar la acumulación del capital. La tarea histórica que se impone es crecer en organización de clase, fortalecer la independencia política del proletariado y preparar las condiciones para la toma del poder. Sólo rompiendo con el dominio del capital monopolista será posible poner fin a la guerra que hoy amenaza con generalizarse.








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