top of page

La guerra del capital no es nuestra guerra

  • Foto del escritor: chaksaastal
    chaksaastal
  • 2 feb
  • 3 Min. de lectura

Por: Neftalí Ricardo Reyes.



La guerra reaparece en el horizonte histórico no como una amenaza lejana ni como un accidente evitable, sino como una consecuencia directa del desarrollo actual del capitalismo. A medida que se agudizan las contradicciones entre los polos imperialistas encabezados, por un lado, por Estados Unidos y, por otro, por China y Rusia, el mundo entra en una fase de militarización abierta. Ejércitos, flotas y bases avanzan posiciones mientras los recursos indispensables para la producción capitalista, como el petróleo, el gas y los minerales estratégicos, son asegurados mediante la fuerza. No se trata de una anomalía del orden mundial, sino de su funcionamiento normal cuando las disputas por el dominio se intensifican.


En este contexto, resulta comprensible que en América Latina el sentimiento antiimperialista adopte de manera inmediata un carácter antiyanqui. La experiencia histórica de nuestros pueblos está marcada por décadas de intervenciones militares, golpes de Estado, saqueo de recursos y subordinación económica bajo la dominación estadounidense. Esa memoria no es ideológica, es material, y nace de la experiencia concreta de explotación y violencia.


Sin embargo, este rechazo legítimo puede convertirse en un obstáculo cuando no se acompaña de un análisis de clase. El antiyanquismo, cuando se queda en la superficie, puede derivar en el apoyo abstracto a otros Estados, sin preguntarse si estos forman parte de otro polo imperialista ni cuál es la clase dominante que ejerce el poder en su interior. De este modo, una crítica justa a un imperialismo específico puede transformarse en adhesión implícita a otro, como si el problema fuera la nacionalidad del opresor y no la lógica del capital que lo anima.


En el plano nacional, esta confusión se expresa con claridad. El partido de Estado, Morena, ha llamado reiteradamente a cerrar filas en torno a la soberanía nacional, recurriendo a discursos que en ocasiones confrontan de forma tibia a figuras como el presidente Trump. Al mismo tiempo, se mantiene y fortalece el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se obedece el mandato de suspensión de petróleo para cuba y se profundiza la integración entre los monopolios mexicanos y estadounidenses, cuya expansión se proyecta también sobre otros países de América Latina.


Aquí es donde se impone una definición clara. La guerra no se define por los discursos que la justifican ni por los lenguajes patrióticos que la envuelven, sino por la clase que detenta el poder y por los intereses materiales que defiende. Mientras el poder político esté en manos de la burguesía, la guerra tendrá generalmente un carácter imperialista, aunque se la presente como defensiva, democrática o incluso progresista.


La guerra tiene, por tanto, un trasfondo de clase ineludible. No es un enfrentamiento entre pueblos, sino una disputa entre fracciones de la burguesía por mantener o ampliar su dominio. Los Estados actúan como gestores de esos intereses y movilizan a la clase trabajadora como fuerza militar, como sostén económico del esfuerzo bélico y como objeto de disciplinamiento social.


Por ello, la postura ante la guerra no es un problema moral ni patriótico, sino una cuestión de posición de clase. Apoyar una guerra dirigida por el capital implica, consciente o inconscientemente, subordinar el trabajo a los intereses de la burguesía y aceptar sacrificios en nombre de una unidad nacional que siempre beneficia a quienes concentran la riqueza y el poder.


Para las y los trabajadores, las guerras imperialistas no traen beneficios. Traen muerte, precarización, inflación, control político y retrocesos en las condiciones de vida. Pero también abren una posibilidad histórica. La de comprender que no existe paz duradera sin una transformación radical de las relaciones sociales de producción y que el fin real de la guerra solo puede alcanzarse cuando quienes producen la riqueza controlan el poder político y la economía.


La tarea de nuestra clase no es elegir entre polos imperialistas ni cerrar filas con gobiernos burgueses en nombre de soberanías vacías. La tarea es romper con la lógica del capital que empuja a la guerra y convertir la confrontación imperialista en lucha consciente por la emancipación de la clase trabajadora.

 
 
 

Comentarios


Suscríbete

¡Gracias por tu suscripción!

  • Partido Comunista de México
  • FJC
  • El Machete
  • El Comunista

© 2023 por Chak Sáastal

bottom of page